Volvamos a empezar

Ha pasado mucho tiempo desde la última entrada que publiqué. Muchos meses donde he cambiado de país, de zona horaria, de clima y todo por aprender más sobre literatura. Ha sido difícil extrañar tanto, pero al final del día lo cierto es que estoy aprendiendo mucho sobre una de las cosas que más me gusta en el mundo, aunque también debo admitir que me ha costado acostumbrarme nuevamente al ritmo académico de trabajos, exámenes y exposiciones orales.

Una de las cosas que me ha impresionado de Barcelona es ver cómo las personas ocupan su tiempo leyendo. Es común ver en el metro, en el tren o en cualquier otro lugar a personas de diferentes edades esperando con un libro en las manos, concentrados en la historia y a merced de los caminos trazados por el autor. Eso es reconfortante, además ya no luzco rara cuando saco mi libro y ando tan entretenida que me olvido del mundo.

Comienza el 2017 y me parece que ya he estado demasiado tiempo apartada de este blog, un proyecto que me ilusionó muchísimo al inicio, una sensación que quiero experimentar de nuevo. Regreso entonces esperando contar otra vez con su complicidad.

Dicho esto, volvamos a empezar.

¿Y después qué pasa?

Un buen libro es aquel capaz de movernos por dentro, de hacernos reflexionar, de asumir posiciones a favor o en contra de los personajes basados en sus acciones. Me ha sucedido que la historia que he estado leyendo ha dado un giro inesperado y yo me he quedado literalmente con la boca abierta, en el mejor de los casos. El peor ha sido cuando he dicho en alta voz ¡No lo puedo creer! en medio de una parada llena de gente mientras espero una guagua, y al levantar la cabeza todo el mundo me mira raro, y por un minuto me da deseos de contarles toda la historia para que entiendan el porqué de mi asombro en ese punto. Pero me doy cuenta que no sería igual, que no le haría justicia al libro, y desisto.

Esa es gran parte de la magia de los libros pero, ¿qué hacer al llegar a la última página? En mi experiencia cada libro es diferente. Hay algunos cuyas escenas finales o las últimas oraciones me dejan sin aliento, y tengo que respirar profundo y quedarme quieta como esperando que toda la historia se asiente en mí, que todos los personajes encuentren su espacio y descansen.

Si solo he llegado al final del libro por disciplina el cierre es un alivio. Pero  hay otros que dan energías, que cuando has terminado y todos los elementos han tomado su lugar te impulsan a salir y comenzar con el próximo de la cola. Es una sensación renovadora, la ansiedad por el comienzo de algo nuevo, la felicidad de las posibilidades.

Casi siempre los finales se ven como algo triste, pero los libros son diferentes. Ese es uno de sus poderes.

Por favor, escríbeme una carta

Hace unos días le dejé a una amiga, chat mediante, una carta escrita a la antigua. Sin emoticons, sin abreviaturas y sin permitir que la tecla “enter” las convirtiera en pequeñas oraciones. Sé que esto es violar la filosofía de un chat, pero mi amiga no estaba conectada y no pude resistirme a escribir una carta como solía hacerse años atrás.

Soy una defensora de los múltiples beneficios que las nuevas tecnologías nos ofrecen para acercarnos y que la comunicación sea rápida, confiable y cómoda. Esta bitácora es una de esas ventajas. Pero hay algo que debo confesar, me encantaría oír al cartero gritar mi nombre cualquier día para entregarme un sobre, pero  no los de todos los meses que traen dentro, por ejemplo, la cuenta del teléfono. Quiero un sobre que además de mi nombre como destinatario ponga en la otra esquina, donde debe decir remitente el nombre de uno de mis amigos, esos que han decidido vivir lejos.

Los correos electrónicos son inmediatos… pero hay algo personal y hasta romántico en desdoblar un papel y ver la caligrafía de alguien que quieres, inclusos sus tachaduras, y leer sus secretos, compartir su felicidad o incluso su angustia.

En este mundo moderno donde todo coexiste, yo creo que podríamos utilizar ambas vías de comunicación. Mantenernos actualizados vía e mail, pero de vez en cuando, dejar los mejores secretos o episodios de la vida diaria para escribirlos a mano, acariciando el papel que días después o para ser más certeros, semanas más tarde, alguien desdoblará emocionado. Al menos ese sería mi caso, total felicidad que estoy segura me llevaría incluso, a conservar esas cartas como frágiles tesoros, cerca de mis libros.

 

PD: Creo que sería oportuno acordar previamente con el destinatario si le gustaría mantener ambas vías de comunicación. Hay quien no consiente retroceder.

El hombre del dinosaurio

Anoche volví a leer algunos de los textos de Augusto Monterroso recogidos en el libro “Fabulaciones y Ensayos” que publicó en el año 2000 el Fondo Editorial Casa de las Américas. Es un libro que he leído varias veces, porque Monterroso es de esos autores que desde que uno los lee por primera vez sabe que volverá. Aquí les dejo dos de sus textos.

 

“Epitafio encontrado en el cementerio Monte Parnaso de San Blas, S. B.”

Escribió un drama: dijeron que se creía Shakespeare;

Escribió una novela: dijeron que se creía Proust;

Escribió un cuento: dijeron que se creía Chejov;

Escribió una carta: dijeron que se creía Lord Chesterfield;

Escribió un diario: dijeron que se creía Pavese;

Escribió una despedida: dijeron que se creía Cervantes;

Dejó de escribir: dijeron que se creía Rimbaud;

Escribió un epitafio: dijeron que se creía difunto.

 

“El escritor”

(…) Los elogios me dan miedo, y no puedo dejar de pensar que quien me elogia se engaña, no ha entendido, es ignorante, tonto, o simplemente cortés, resumen de todo eso; entonces me avergüenzo y como puedo cambio la conversación, pero dejo que el elogio resuene internamente, largamente en mis oídos, como una música.

 

 

 

 

 

 

 

Gratitud

Imagina que es uno de esos días tristes, más bien el cuarto o quinto día seguido donde hay más tristezas que sonrisas. Ahora piensa que es raro que se te ocurra revisar tu correo, cuando a veces pasa incluso una semana sin que lo abras, porque en definitiva las personas con las que sueles comunicarte te localizan por Facebook, pero igual te decides a hacerlo. Entonces entre varios mensajes sin leer encuentras que alguien ha leído y comentado algunas entradas de tu blog que no son recientes, y te alegras.
Descubres que es alguien que no conoces en persona, pero que acostumbras a leer las botellas que lanza al mar, esas mismas que fueron un impulso para decidirte finalmente a compartir tus palabras. Pero la verdadera sorpresa llega cuando te das cuenta que esa persona te ha mandado un correo, e intentas recordar si alguna vez coincidieron, pero no, nunca ha pasado.
La curiosidad comienza a desesperarte y abres el mensaje. Y lo lees, e incluso te emocionas tanto que las lágrimas logran nublar tu vista. Junto al texto vienen 18 fotos de diferentes páginas del Diario de Frida Kahlo, una mujer que para ti es un paradigma, un libro que desearías tener en tu mesita de noche, y esa persona lo sabe, y precisamente por eso se ha tomado el trabajo de tomar esas fotos y mandártelas, aun sin conocerte, solo por compartir lo que tiene, que sabe que para ti también es un tesoro. ¿Te imaginas qué te suceda esto? ¿Qué harías entonces? ¿De qué manera mostrar tu gratitud que sin dudas ya es infinita? ¿Cómo devolverle la felicidad que ahora tienes? O mejor aún ¿Cómo ahuyentar sus tristezas?

Un libro puede ser una isla

Hay días que no son buenos, creo que en eso estaremos todos de acuerdo. En esos días, en mi caso, lo único que quiero es estar sola, por tanto es muy probable que me despida de mis amigos con excusas y me demore en llegar a mi casa, evitando así el teléfono, los vecinos o cualquier otra cosa que exija de mí una respuesta.
Justo a mitad del trayecto diario entre el trabajo y la casa hay una parada que es bastante familiar para mí, pues era camino obligado mientras estaba en la universidad. Es un lugar con buenos recuerdos, donde quizás por eso me siento cómoda, segura. Cuando se acumulan muchos problemas en un mismo día, de esos que vienen con la facilidad de no dejarte recuperar de inmediato, termino en este lugar. Lo curioso es que nunca lo pienso antes de ir, solo decido irme a la casa y llegando a ese lugar me doy cuenta de que sentarme ahí no va resolver mis problemas, pero me hará sentir mejor.
Pueden pasar 30 minutos, quizás una hora o más en la cual me dejo llevar por el libro que tenga ese día conmigo, y es como si por ese tiempo, todo alrededor se detuviera. Allí, rodeada de gente desconocida, rodeada de gente y aun así sola, lo único que puede mejorarlo todo es leer.

Viaje con acompañante

Este sábado salgo hacia la provincia de Granma, en el oriente del país, en un viaje que durará más de 10 horas. Los que leen este blog con frecuencia podrán adivinar que el acompañante que se anuncia en el título no tiene órganos ni extremidades, está hecho de papel y tinta, de palabras colocadas con precisión, una detrás de otra, capaces de contar una historia, de conmover, de hacernos pensar.

 
En esta ocasión iré con “Malena es un nombre de tango” de Almudena Grandes. Quienes recuerden que cité un fragmento de este libro hace unas semanas creerán que he tenido tiempo suficiente para terminarlo, permítanme justificarme, últimamente mis noches han estado reservadas para la biografía de Virginia Woolf.

 
Pensando esta tarde me he dado cuenta que en los últimos años cuando he visitado varias provincias del país he llevado mis libros. Mi viaje a Santiago de Cuba con mis compañeros de aula mientras estudiaba Periodismo fue en tren, leyendo “Rayuela”, uno de mis libros preferidos escrito por Julio Cortázar, mi amor platónico (¿Demasiada adoración junta? Perdón, pero con él no puedo contenerme). Mis días en Matanzas también tuvieron una dosis de Cortázar, esta vez fueron sus experiencias en Nicaragua, aunque no precisamente en el viaje.

 
El camino a Ciego de Ávila, en el centro del país, lo recorrí con Leonardo Padura y “El hombre que amaba a los perros”. Este viaje no será diferente, aun cuando mis amigos me dicen que no tendré tiempo para leer, que hay música, películas y otras estrategias de grupo para garantizar un viaje divertido. Yo solo pienso que son más de 10 horas por carretera y que gran parte de ese tiempo será, a través de la prosa de Almudena Grandes, otro encuentro entre Malena y yo.